Cuando la estupidez se disfraza de optimismo

Salimos al mundo todos los días e investigamos las cosas con las que nos relacionamos, y a partir de ahí y la experiencia, construimos un saber del mundo. Ese saber cumple la función de sernos útil para poder movernos por el mundo.

La investigación que solemos realizar -por un condicionamiento  educacional, cultural- suele ser muy limitada, y en general, nos gustan las ideas simples que apoyan mucho conocimiento. El saber lo percibimos como «cómodo», nos sentimos bien cuando pensamos que «sabemos acerca de un asunto» y socialmente se nos castiga cuando «no sabemos acerca del asunto en cuestión»; por lo tanto, preferimos manejar un conocimiento aunque sea poco certero, a reconocer abiertamente, que nuestro conocimiento del tema en cuestión es limitado.

La clave está en cómo pensamos acerca de las cosas, y en ese cómo construyo el conocimiento con el que me manejo. No suele ser un pensamiento completo y sistemático. Si yo postulo «ante una crisis hay que ser optimistas», muchos dirán: «si claro … ¿y?» Precisamente la segunda parte que no suele argumentarse es donde queda el gran hueco que no ha sido investigado.

Cuando el transatlántico «Titanic» se hundía, la orquesta estuvo tocando en cubierta hasta el último momento. Al margen de las motivaciones personales de cada una de las personas involucradas en este hecho, cabe preguntarse:

– ¿Qué aportó en realidad esa música al inmimente hundimiento del barco?
– ¿Qué otras cosas podrían haber hecho de utilidad para sí mismos en ese momento?
– ¿Era el momento y el contexto adecuados para desarrollar un concierto de música?

Posiblemente aquí lo que prevaleció fueron unos valores de profesionalidad que estaban desconectados de la situación real. Es otro ejemplo de que siempre tendremos excepciones para esos valores que consideramos «a cumplir en todo momento»; y que primero tenemos que investigar la situación de la realidad, y después ajustar nuestra conducta en la misma: mostrar flexibilidad a la hora de aplicar nuestro saber al mundo.

En muchos momentos pareciera como si el capitán del Titanic se hubiese puesto unos algodones en los oidos y fijado su vista en la partitura para unirse a la orquesta. Y esto en distintos niveles es lo que muchas personas suelen hacer con sus propias vidas, etiquetándolo como ¿optimismo?

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